Otra Navidad Sin Tí
Otra Navidad en la que el silencio vuelve a gobernar mi corazón.
El invierno no solo enfría el aire: congela y quiebra, una y otra vez, un corazón que aprendió a vivir partido.
En estos seis años aprendí a sonreír, aprendí a levantarme, aprendí a darle propósito al dolor; aprendí a convertir en acción cada momento de vida. Aprendí a dejar salir los sentimientos, aunque signifique ser vulnerable.
En honor a ti, me propuse emprender una jornada de vida y voy sembrando semillas de cambio. Ese granito de arena que, con generosidad, amor y compromiso, aporto para transformar ese mundo que me describiste como difícil de vivir y que puede destruir mentes inocentes con corazones nobles.
Sin embargo, no he podido aliviar el peso de tu ausencia. Sigo aprendiendo, porque no es algo temporero, sino para siempre. La vida me obligó a renunciar a todas esas vivencias de verte crecer. He tenido que aceptar que hay historias que no se escriben y abrazos que solo existen en la memoria.
Desde las gradas, todo parece estar bien.
Pero la verdad es otra: la cicatriz es perenne, pesa y duele con una frecuencia que no siempre se puede explicar. No siempre se está bien. A veces sonreír resulta más fácil que llorar, y es precisamente entonces cuando el dolor golpea con más fuerza, en silencio.
Ojalá pudiera desaparecer la Navidad por un instante; simplemente porque el recuerdo duele y, por amor, revivo vivencias de tu infancia, de tu niñez, y nuevamente cuento las historias que un día te conté.
¿Cómo se convive con el recuerdo cuando el alma siente que no puede más?
¿Cómo se respira cuando la mente se siente sumergida y busca un instante de aire para no hundirse del todo?
Esta sonrisa no es mía; es un regalo genuino de amor y esperanza hacia el prójimo que también está en dolor. Es la sonrisa de un sobreviviente que, día a día, sigue aprendiendo a sobrevivir.
Es la sonrisa que evade el dolor de extrañar a su hijo que ya no está.
Es la sonrisa de quien prefiere regalar vida y convertir su tristeza en su antónimo.
Ese es el verdadero reto del sobreviviente, especialmente en Navidad.
No se trata de fortaleza ni de resignación.
No duele por capricho; duele por amor.
Con Amor,
Carol Kohn




